2 . El Rey Mono y el Puente Viviente
Pero él aguantó firme.
Hace mucho tiempo, a orillas de un gran río, se extendía una exuberante selva donde vivía una importante comunidad de monos. Su jefe era un gran mono sabio y valiente. No había llegado a ser rey por la fuerza, sino por su benevolencia. Cada día velaba por su pueblo. Conocía los árboles frutales, los peligros de la selva y los períodos de sequía. Los monos vivían en paz. En el centro de su territorio crecía un magnífico árbol de mango cuyos frutos eran los más deliciosos de toda la región. El rey mono había dado una instrucción: — Ningún fruto debe caer al río. Porque sabía que un día los hombres podrían descubrir el árbol y codiciar sus frutos. Durante mucho tiempo, todo transcurrió sin problemas. Pero una mañana, un fruto olvidado fue arrastrado por la corriente. Descendió por el río hasta el reino de un poderoso rey humano. El rey probó este fruto extraordinario. Nunca había comido algo tan delicioso. Inmediatamente ordenó: — Encontradme el árbol que produce estas maravillas. Los cazadores remontaron el río. Finalmente descubrieron el árbol de mango. Y los cientos de monos que vivían allí. El rey humano llegó con sus arqueros. Los monos entraron en pánico. No tenían forma de escapar. Por un lado, los hombres. Por el otro, el río. El rey mono observó la situación con calma. Luego divisó un árbol situado en la orilla opuesta. Una idea nació inmediatamente en su mente. Trepó a la cima del árbol de mango. Cogió una larga liana. Se la ató a la cintura. Y con un inmenso impulso, saltó sobre el vacío. Casi alcanzó la otra orilla. Su cuerpo formó entonces un puente viviente entre los dos árboles. — ¡Cruzad! gritó. — ¡Rápido! Uno a uno, todos los monos pasaron sobre su espalda. Decenas. Luego cientos. Durante largos minutos, soportó su peso. Su cuerpo estaba magullado. Sus fuerzas disminuían. Pero él aguantó firme. El último mono llegó por fin. La tribu estaba salvada. El rey humano había observado toda la escena. Profundamente conmovido, ordenó a sus arqueros que bajaran sus armas. Comprendió entonces lo que era un verdadero soberano. No el que reina por el miedo. Sino el que se pone al servicio de aquellos a quienes guía. El rey mono murió poco después a causa de sus heridas. Pero su ejemplo transformó el corazón del rey humano. Y mucho después de su desaparición, su historia aún se contaba como la de un ser cuya compasión había trascendido los límites de su propia vida.